El lenguaje, como la materia, puede degradarse o regenerarse según cómo lo usemos.
Hay palabras que alimentan y palabras que erosionan.
Palabras que construyen puentes y palabras que clausuran caminos.
Y aunque solemos creer que el lenguaje solo describe lo que existe, en realidad lo crea.
Como recordaba Wittgenstein, “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”.
Y es cierto: lo que no podemos nombrar, casi no existe para nosotros.
Si en nuestra lengua no hay palabras para hablar de lentitud, cuidado, o simbiosis,
tampoco tendremos espacio interno para vivir esas experiencias.
A veces olvidamos que las palabras también se degradan.
Que pierden sentido por exceso de uso, o se contaminan cuando se las usa fuera de contexto.
En teoría de la comunicación, esto se llama ruido:
todo aquello que distorsiona el mensaje y lo aleja de su intención original.
Puede ser técnico, emocional o cultural, pero el resultado es el mismo: una pérdida de sentido.
Saussure decía que el lenguaje es un sistema vivo porque se construye en comunidad.
Cuando una palabra se desvía demasiado de su significado compartido, deja de comunicar.
Y en ese desajuste aparecen los malentendidos que tanto nos desconciertan:
lo que uno dice y lo que el otro escucha se parecen, pero no coinciden.
Palabras que pesan
En la vida cotidiana usamos palabras demasiado grandes para situaciones pequeñas.
Llamamos fracaso a una prueba, engaño a una decepción, estafa a un desencuentro.
Esa inflación semántica produce ruido y desgaste.
Pierre Bourdieu lo explicaba como violencia simbólica: el poder de imponer sentido a través del lenguaje.
Quien nombra primero, define la realidad.
Pero esa definición no siempre es justa.
Y cuando las palabras se usan sin contexto, no informan: deforman.
Lo que era un simple desajuste de expectativas puede convertirse, solo por la elección del término, en una herida moral.
George Lakoff y Mark Johnson, en Metáforas de la vida cotidiana, mostraron que el lenguaje no es solo un espejo del pensamiento, sino su arquitectura.
Si hablamos de “ganar” o “perder” una discusión, estamos concibiendo el diálogo como una batalla. Si decimos “sembrar una idea”, en cambio, abrimos un campo de crecimiento compartido. Las metáforas que elegimos orientan nuestras acciones, moldean nuestra ética y nuestro modo de vincularnos.
La materia del lenguaje
En la biofabricación, aprendemos a reconocer la materia como proceso. Nada es estático: todo está vivo, cambiando, fermentando, transformándose.
El lenguaje opera igual. Cada palabra tiene su propio metabolismo: se calienta, se enfría, se oxida o florece según el entorno.
Mijail Bajtín hablaba de la “polifonía del discurso”:
cada palabra lleva consigo las voces de quienes la usaron antes.
Cuando decimos “naturaleza”, “cuidado”, “progreso”, “sustentabilidad”, no pronunciamos sonidos neutros; invocamos ideologías, memorias, contradicciones.
Usarlas con conciencia es una forma de ética.
Por eso, cuando enseñamos —y más aún cuando enseñamos sobre materia viva— también enseñamos un modo de hablar.
El modo en que nombramos nuestros materiales, nuestras prácticas o nuestras dudas define el alcance del aprendizaje. Una palabra imprecisa puede confundir un proceso entero; una palabra justa puede devolverle sentido a lo que parecía fallar.
Compostar el lenguaje
Así como el compost transforma residuos en tierra fértil, podemos pensar en compostar las palabras:, dejar que los discursos vacíos, los juicios rápidos y las acusaciones automáticas se desintegren hasta volverse nutrientes para un lenguaje más lúcido.
No se trata de censurar, sino de metabolizar. De dejar reposar lo dicho hasta que vuelva a tener textura y olor a verdad.. De transformar las palabras que se endurecieron en suelo fértil para la comprensión.
En educación —y especialmente en la enseñanza de biomateriales—, esto implica construir un vocabulario que respete la complejidad de los procesos. No decir “esto está mal” sino “esto todavía no funciona”. No “falló la receta”, sino “el material reaccionó de otro modo”. Es un cambio mínimo, pero ese desplazamiento semántico abre lugar al aprendizaje.
Donna Haraway: “Las palabras también son criaturas; viven, mueren, se transforman y nos transforman.”
En el lenguaje cotidiano:
Cuando decimos “romper el silencio” o “tirar palabras al aire”, hablamos como si el lenguaje fuera un objeto físico que se manipula. Pero las palabras, una vez dichas, no desaparecen: dejan huella, como semillas que a veces germinan lejos del lugar donde cayeron.
En la comunicación digital:
En las redes sociales, las palabras se propagan sin compostarse: se reproducen antes de haberse desintegrado del todo. Reaccionamos más rápido de lo que pensamos, y lo que era una opinión se vuelve dogma, o piedra arrojada.
En el ámbito educativo:
En el aula, un “esto está mal” puede clausurar una búsqueda, mientras que un “probemos de otro modo” la mantiene viva. El lenguaje decide si un proceso se seca o florece. ¿Cuánto de lo que creemos “dicho” sigue fermentando en los demás?
El poder performativo del decir
J. L. Austin introdujo el concepto de acto de habla performativo:
hay palabras que no describen la realidad, sino que la hacen.
Cuando decimos “te nombro”, “te declaro”, “te prometo”, el mundo cambia con esas palabras.
Lo mismo ocurre en el aula, en un taller, en cualquier espacio de intercambio.
Nombrar a alguien como “inexperto”, “errado” o “inmaduro” no es neutro: produce un efecto real sobre esa persona. El lenguaje es acción. Y como toda acción, requiere responsabilidad. ¿Qué responsabilidad tenemos sobre el lenguaje que dejamos circular?
Cultivar una ecología del decir
Si pensamos el lenguaje como un sistema vivo, entonces necesitamos una ética ecológica de la comunicación.
Cuidar las palabras como cuidamos los materiales:
evitar la contaminación, propiciar la regeneración, mantener la diversidad.
Esto significa escuchar antes de responder, dar tiempo a las palabras para asentarse y elegir con precisión aquello que queremos que permanezca.
La materia viva enseña que no hay residuo inútil.
El lenguaje puede aprender lo mismo. Incluso lo dicho con enojo o torpeza puede transformarse, si le damos la oportunidad de degradarse y volver a ser fértil.
Palabras con raíz
Compostar las palabras no es suavizar el conflicto, sino darle raíz.
Nombrar con cuidado no es censura: es precisión.
La transformación empieza en la forma en que hablamos, porque cada palabra es una semilla de realidad.
Si aprendemos a usarlas con conciencia —como aprendemos a mezclar agar, celulosa o fibras vegetales, quizás descubramos que el lenguaje también puede ser un material compostable:
capaz de regenerar los vínculos, devolverle sentido al aprendizaje y recordar que:
Toda forma de creación, incluso la verbal,
puede ser una forma de cuidado.
María Puig de la Bellacasa: “El cuidado no es una actitud, es una materia que une cuerpos, ideas y palabras.”

