Transformación desde la materia a la conciencia
La palabra transformación atraviesa el discurso artístico con naturalidad. Sin embargo, en un mundo marcado por la crisis ambiental y la revisión de los modelos productivos, esa palabra exige una lectura más profunda. Transformar ya no se restringe al plano simbólico; implica interrogar la materia con la que trabajamos y el sistema en el que esa materia circula.
La palabra transformación atraviesa la historia del arte con naturalidad. Transformar la materia, transformar la percepción, transformar la experiencia. Sin embargo, cada época redefine el alcance de esa palabra según las condiciones materiales en las que produce.
Hoy esas condiciones han cambiado de manera irreversible.
La crisis climática, la aceleración productiva y la saturación material han desplazado la pregunta artística hacia un territorio más profundo: la base física de la obra. La contemporaneidad ya no se juega únicamente en el lenguaje o en la crítica institucional. Se juega en la materia misma.
La materia como actor
El pensamiento moderno consolidó una separación entre naturaleza y cultura. El arte quedó inscripto en el ámbito simbólico, mientras la materia funcionaba como soporte disponible.
Bruno Latour desarmó esa división mostrando que vivimos en redes híbridas donde humanos y no humanos co-producen realidad. Desde esta perspectiva, la materia no es fondo pasivo; es actor en una trama de relaciones.
Trabajar artísticamente implica intervenir en esa red.
La antropología de Tim Ingold profundiza esta idea al pensar los materiales como flujos en proceso. La madera, la tierra, las fibras no son sustancias fijas; son momentos temporales de trayectorias más largas.
Cuando el arte asume esa condición procesual, la transformación deja de ser únicamente formal y adquiere una dimensión ontológica.
Contemporaneidad y crisis ecológica
Maristella Svampa ha analizado el extractivismo como lógica dominante en América Latina. La extracción masiva de recursos naturales organiza economías, territorios y conflictos sociales.
En ese contexto, la producción material —incluida la artística— forma parte de un entramado mayor. Cada elección técnica dialoga con ese modelo productivo. La contemporaneidad exige reconocer esta inserción estructural.
Donna Haraway propone pensar el presente como un tiempo de interdependencias radicales. Habla de “hacer parentesco” con lo más-que-humano, una invitación a asumir vínculos de co-responsabilidad con aquello que tradicionalmente fue considerado recurso.
En el campo artístico, esta perspectiva desplaza el eje hacia prácticas que reconozcan la agencia de lo vivo y la continuidad entre obra y entorno.
La transformación como ajuste de ritmo
Byung-Chul Han ha reflexionado sobre la sociedad del rendimiento y la aceleración permanente. La lógica productiva contemporánea privilegia eficiencia, visibilidad y optimización constante.
Incorporar biomateriales en una práctica artística introduce otro ritmo. Procesos biológicos, secados prolongados, variaciones por humedad, respuestas imprevisibles. El tiempo adquiere espesor.
Esta modificación del ritmo no es un detalle técnico; altera la relación entre artista, materia y resultado. La práctica se vuelve atenta a procesos que exceden la voluntad inmediata.
La transformación comienza a operar en esa desaceleración.
Ontologías múltiples
Marisol de la Cadena ha trabajado la idea de “ontologías múltiples”, mostrando que existen formas diversas de concebir la relación entre humanos y territorio. En muchas cosmovisiones andinas, la naturaleza no es recurso sino entidad relacional con agencia propia.
Integrar biomateriales en la práctica artística puede leerse como gesto que aproxima el arte a una ontología relacional: la materia participa activamente en la configuración de la obra.
Esta perspectiva no se reduce a tematizar la naturaleza; implica situarla en el centro del proceso productivo.
Ejemplos de una práctica en desplazamiento
Diversos estudios y laboratorios han explorado esta dirección.
The Living desarrolló estructuras a partir de micelio, integrando crecimiento biológico y diseño arquitectónico.
Studio Klarenbeek & Dros experimentó con bioplásticos derivados de algas.
Atelier Luma investiga materiales locales obtenidos de residuos agrícolas, conectando producción, territorio y diseño.
En estos casos, la materia no se limita a sostener forma; define el horizonte conceptual de la obra.
Arte como laboratorio de relación
Hacer arte en el presente implica asumir que cada material participa en sistemas ecológicos y sociales más amplios. La transformación ya no se restringe al plano visual; se extiende hacia la red de efectos que la obra genera.
Los biomateriales no constituyen una solución única frente a la crisis ambiental. Funcionan como campo experimental donde forma, proceso y responsabilidad material convergen.
Transformar lo que necesita ser transformado significa revisar la base material de la práctica y reconocer que la obra continúa actuando más allá de su visibilidad inmediata.
En este sentido, la contemporaneidad se manifiesta como capacidad de integrar conciencia ecológica, reflexión filosófica y decisión técnica en un mismo gesto.
La transformación adquiere así una dimensión estructural: afecta la manera en que el arte participa en el mundo compartido.
La práctica biomaterial como agente de cambio
Los nuevos modelos de relación con lo bio no solo modifican procedimientos; transforman al propio artista. La materia, entendida como proceso activo, introduce una experiencia sostenida de interdependencia que altera la manera de decidir, de esperar y de intervenir. La práctica deja de organizarse alrededor del control absoluto y comienza a estructurarse en torno a la observación, el ajuste y la escucha material. Con el tiempo, esta dinámica reconfigura la subjetividad creativa: cambia la percepción del tiempo, redefine la noción de permanencia y desplaza la idea de autoría hacia un campo más relacional.
La transformación no ocurre únicamente en la obra producida -antes que eso- en la conciencia desde la cual se produce.

