Producción cápsula de Sentez a partir de Biocueros®

Biocueros compostables en el pais de las vacas

Qué son los biocueros compostables, por qué el curtido vegetal no es suficiente y qué falta para que estos materiales lleguen a escala comercial.

Argentina ocupa el sexto lugar mundial en producción de carne vacuna. Es también uno de los principales exportadores de cuero. En ese contexto, desarrollar biocueros compostables es una decisión de cuidado ambiental por encima de lo técnico

La industria del cuero es una de las cadenas productivas más antiguas del mundo y una de las de mayor impacto ambiental. El proceso de curtido consume en promedio 50 litros de agua por metro cuadrado de cuero producido —entre agua gris, azul e indirecta. El cromo hexavalente, utilizado en el 80% del curtido global, contamina suelos y ríos, y representa un riesgo sanitario documentado para trabajadores expuestos. La ganadería, por su parte, no es solo el origen de la materia prima: es también uno de los principales vectores de emisiones de metano, deforestación y pérdida de biodiversidad. En Argentina, el avance de la soja como monocultivo —en gran parte destinado a alimentar ganado— contribuyó a la deforestación del 87% de los bosques nativos del Parque Chaqueño.

Conviene aclarar también, que ante ese panorama surgió el mal llamado «curtido vegetal», un término que circula con creciente prestigio en la industria. El curtido vegetal reemplaza las sales de cromo por taninos extraídos de cortezas de árboles —quebracho, mimosa, castaño— como agente curtiente. Es un avance real: elimina el cromo hexavalente, que es cancerígeno. Pero el proceso completo de una curtiembre no se reduce al agente curtiente. Antes y después del curtido intervienen sulfuros en el pelambre, biocidas, sales de amonio, ácidos, glutaraldehído y otros compuestos cuyo tratamiento de efluentes sigue siendo un problema crítico. El consumo total de químicos en el curtido vegetal ronda los 725 kg por tonelada de piel procesada, con un consumo de agua de entre 30 y 35 metros cúbicos por tonelada. El nombre «vegetal» describe un solo paso del proceso, no el proceso completo. Es una mejora dentro del mismo sistema, no una salida del sistema.

Y lo que no resuelve ningún método de curtido, vegetal o no, es el destino de los efluentes. Los residuos líquidos de una curtiembre contienen restos orgánicos de la piel —pelo, grasa, proteínas en descomposición— mezclados con sulfuros del pelambre, biocidas, ácidos y metales. Cuando ese cóctel llega a un río sin tratamiento adecuado, el daño es inmediato y acumulativo. En Argentina el caso más documentado es el Riachuelo, donde más de 80 curtiembres fueron declaradas agentes contaminantes por ACUMAR, el organismo gubernamental a cargo del saneamiento de la cuenca Matanza-Riachuelo en el área metropolitana de Buenos Aires. Pero no es el único: en el río Reconquista se detectaron efluentes con valores de pH, sulfuros y cadmio inconsistentes con la normativa vigente, descargados directamente desde establecimientos sin permiso de vuelco. Un estudio sobre efluentes de curtiembre en Córdoba determinó toxicidad en todas las muestras analizadas. El curtido vegetal reduce el cromo. El problema de los efluentes es anterior y posterior a ese paso: atraviesa todo el proceso.

Frente a ese escenario, la pregunta que organiza esta investigación es concreta: ¿es posible desarrollar una superficie alternativa al cuero animal que sea compostable, técnicamente viable y producida con recursos locales?

La respuesta, después de siete años de trabajo, es sí. Pero conviene precisar de qué se habla cuando se dice biocuero, porque el término hoy cubre realidades muy distintas.

El problema de la superficie en los biocueros compostables

Piñatex, Desserto, Fruitleather, Mylo, Reishi, Vegea: estos materiales abrieron un territorio que no existía. Demostraron que una fibra vegetal o un hongo pueden convertirse en superficies deseables para la moda y el diseño. Ese aporte es real e innegable.

Sin embargo, la mayoría son híbridos. Su capa exterior —la que define si un material puede volver a la tierra o no— está resuelta con poliuretano, el mismo polímero que hace imposible el compostaje. Un material puede tener el 60% de su composición basada en residuos orgánicos y aun así terminar su vida como microplástico, si su superficie está sellada con PU.

Esto no es una crítica moral a esas marcas: es una descripción técnica de dónde está el límite real del campo. El mercado exige consistencia, impermeabilidad y estandarización. El PU lo garantiza. La compostabilidad real, por ahora, exige renunciar a parte de esas expectativas.

Biocueros compostables: lo que produce el margen

Trabajar sin inversores, sin maquinaria industrial y sin un departamento legal que gestione riesgos tiene una consecuencia inesperada: obliga a resolver los problemas desde adentro del material. Cada formulación de Biocueros® desarrollada en este taller —a base de residuos orgánicos, biopolímeros y sin recubrimientos sintéticos— tiene que responder por sí misma. Nada externo la sostiene.

El resultado son superficies que envejecen, que cambian con la humedad, que no son idénticas lote a lote. Y que, cuando terminan su vida útil, vuelven a la tierra sin dejar rastro tóxico.y ya hay algunas piezas  que llevan más de seis años en uso, en perfecto estado.

Para producir un metro cuadrado de biocuero compostable se necesitan cuatro litros de agua. Entre el 60 y el 70% de la materia prima proviene de residuos orgánicos: carozos, cáscaras, podas. El resto del costo de un objeto —herrajes, forros, mano de obra— es idéntico al de cualquier marroquinería fina. Cuando la producción escale, la diferencia de precio se ubicará dentro del margen habitual de los productos con certificación ambiental.

Producir Biocueros® en Argentina tiene que lidiar con el lobby de la industria del cuero, infraestructura consolidada y décadas de inserción en el mercado global. Los biomateriales compostables proponen otra relación entre materia, tiempo y territorio, y esa propuesta afecta intereses establecidos.

Por eso estos materiales circulan con facilidad como prototipos y exhibiciones, pero encuentran resistencia estructural cuando intentan integrarse a sistemas productivos existentes. La regulación no los contempla. Los sistemas de certificación fueron diseñados para otros materiales. Y el mercado, todavía, no sabe bien cómo valorar algo que dura lo necesario y después desaparece.

Estos desarrollos recién empiezan.
Y entre la investigación material y el uso comercial falta un actor que todavía no apareció con suficiente fuerza: el empresario dispuesto a tomar una investigación resuelta y llevarla a escala productiva. Las fórmulas existen, los resultados están probados, la demanda crece. Pero el capital que debería convertir eso en producción comercial sigue mirando hacia otro lado, hacia materiales conocidos, por más tóxicos que resulten para el ambiente y hacia certezas que los biomateriales todavía no pueden garantizar en volumen.

Ese es hoy el eslabón más débil de la cadena.

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