Créditos de carbono: una ficción contable
En los últimos años se volvió habitual que una empresa declare que es «carbono neutral». La frase suena a conclusión, a punto de llegada: el problema estaba, se trabajó sobre él, se resolvió. Pero detrás de esa declaración hay un mecanismo concreto, con reglas propias, supuestos propios y zonas frágiles bastante identificables. Vale la pena recorrerlo por partes antes de aceptarlo como equivalente a una reducción real de emisiones.
Qué es un crédito de carbono
Un crédito de carbono representa una tonelada de dióxido de carbono equivalente. La aclaración importa: no se contabiliza solamente CO₂, sino también otros gases de efecto invernadero convertidos a una unidad común según su capacidad de calentamiento. Esa unidad es lo que se emite, se compra y se retira.
Esa tonelada puede haber sido evitada o capturada, y son dos operaciones distintas aunque el mercado las trate igual. Evitada, por ejemplo, cuando un proyecto reemplaza combustibles fósiles por energía renovable; la tonelada no está en ningún lado, existe como diferencia entre lo que pasó y lo que se supone que hubiera pasado sin el proyecto. Capturada, en cambio, cuando se reforesta o se regenera un ecosistema, entonces hay biomasa, suelo, algo material que fija carbono. La primera es un cálculo contra fáctico; la segunda es un proceso físico con su propia duración y su propio riesgo. Ambas se venden bajo el mismo rótulo y por el mismo precio unitario.
Los proyectos que generan créditos se registran, se modelan y se certifican bajo estándares internacionales -Verra, Gold Standard, entre otros- que definen las metodologías de cálculo y los requisitos de documentación. Una vez emitidos, los créditos quedan disponibles para que los compren empresas o instituciones. El estándar no financia ni ejecuta el proyecto, ordena el procedimiento por el cual ese proyecto se convierte en una cantidad de toneladas transables.
Cómo se usan
El uso es bastante directo. Una empresa calcula su huella de carbono, las emisiones asociadas a producción, transporte, consumo energético, logística, insumos. Ese cálculo arroja un número anual.
A partir de ahí puede hacer dos cosas, y en general hace las dos. Puede reducir una parte de esas emisiones cambiando procesos, materiales, fuentes de energía o esquemas de distribución. Y puede compensar el resto comprando créditos en el mercado. La operación cierra así:
emisiones propias – créditos adquiridos = balance neto
Cuando ese balance da cero, aparece la etiqueta «carbono neutral».
Conviene detenerse un segundo en la ecuación, porque ahí está buena parte del asunto. La resta trata a las dos operaciones como intercambiables, una tonelada que no se emitió y una tonelada comprada valen exactamente lo mismo en el resultado. Contablemente es coherente, pero son cosas distintas ya que una modifica el sistema que produce las emisiones, la otra las traslada a otro lado del registro.
Dos mercados con lógicas diferentes
Los créditos circulan en dos sistemas que no funcionan igual.
Los mercados regulados están establecidos por políticas públicas e imponen límites de emisión obligatorios. Las empresas alcanzadas deben cumplir el tope o comprar créditos para cubrir la diferencia. Acá el crédito es un instrumento de cumplimiento, existe porque existe una restricción legal previa, y el precio refleja el costo de estar por encima de un límite.
Los mercados voluntarios no tienen esa obligación detrás. Las empresas compran por decisión propia, generalmente dentro de una estrategia ESG* o de posicionamiento de marca. No hay tope que cumplir ni sanción por no comprar. Lo que se obtiene es una declaración pública que se puede comunicar.
El crecimiento más rápido de los últimos años se dio en el mercado voluntario. Eso no lo invalida, pero define qué está haciendo el instrumento en la práctica. En el segmento que más creció, el crédito no responde a un límite de emisión sino a una decisión de comunicación.
Las condiciones que debería cumplir un crédito
Para que un crédito represente lo que dice representar, el proyecto que lo genera tiene que cumplir cinco condiciones. Están bien definidas en los estándares y conviene tenerlas presentes, porque cada una es después un punto de fractura.
Adicionalidad. El proyecto no tendría que haber ocurrido sin ese financiamiento. Es la condición que separa una reducción real de un reconocimiento contable. Si el bosque iba a conservarse igual, el crédito no agrega nada al mundo, solo agrega una línea al registro.
Medición. La cantidad de carbono capturado o evitado tiene que poder estimarse con un método definido y replicable. Sin eso, la tonelada no es una unidad, es una impresión.
Verificación. Un tercero audita los resultados. La lógica es la de cualquier sistema de certificación, quien ejecuta el proyecto no puede ser el único que declare cuánto logró.
Permanencia. El carbono capturado debería mantenerse fuera de la atmósfera durante un período prolongado. Es la condición más exigente, porque no se verifica en el momento de la emisión del crédito sino a lo largo de décadas.
No doble contabilidad. El mismo crédito no puede ser usado por dos actores distintos. Si el país donde está el proyecto lo computa en su inventario nacional y además lo vende a una empresa extranjera que lo computa en el suyo, la misma tonelada se descuenta dos veces.
En teoría, con esas cinco condiciones cumplidas, el sistema es consistente. El problema está en lo que pasa cuando se aplica el diseño.
Dónde aparecen los problemas
1. Adicionalidad débil. Muchos proyectos hubieran existido igual. Áreas que ya estaban protegidas por ley o por condiciones del terreno, prácticas que ya estaban en marcha por razones productivas o económicas. Cuando eso pasa, el crédito no representa una reducción nueva sino la reclasificación de algo que ya venía ocurriendo. La dificultad de fondo es que la adicionalidad se prueba contra un escenario hipotético, y un escenario hipotético siempre se puede construir de manera favorable.
En 2023, una investigación conjunta de The Guardian, Die Zeit y SourceMaterial sobre los proyectos forestales de Verra, el mayor certificador del mundo, concluyó que solo una pequeña cantidad de proyectos mostraba evidencia de reducción de la deforestación, y que el 94% de los créditos emitidos no tenía beneficio climático. Según el análisis de un estudio de la Universidad de Cambridge de 2022, la amenaza sobre los bosques había sido sobrestimada en promedio un 400%. Verra rechazó las conclusiones y sostuvo que los estudios citados parten de metodologías erróneas. El caso más documentado es el proyecto Kariba, en Zimbabue: en 2025 Verra concluyó que alrededor del 57% de los créditos emitidos eran excedentes, principalmente por líneas de base de deforestación infladas.
2. Medición basada en modelos. La captura de carbono, especialmente en proyectos forestales, no se mide de forma directa y continua en todos los casos. Se estima a partir del crecimiento proyectado de la vegetación, de las condiciones del suelo, del comportamiento esperado del ecosistema. Son modelos, supuestos razonables sobre cómo debería comportarse un sistema vivo durante años. Los modelos son herramientas legítimas y en muchos casos son lo único disponible. Pero una tonelada modelada y una tonelada medida entran al mercado con el mismo valor, y el comprador no distingue entre una y otra.
El caso de las cocinas eficientes lo muestra con claridad. Un estudio publicado en Nature Sustainability en enero de 2024 evaluó las cinco metodologías que generaron casi todos los créditos de este tipo y estimó que la muestra analizada estaba sobrecreditada 9,2 veces. El dato más revelador no es ese, sino el que sigue: la metodología de Gold Standard que monitorea directamente el consumo de combustible fue la más alineada con las estimaciones de los autores, con 1,5 veces de sobrecrédito. Medir en lugar de modelar reduce el error casi en un orden de magnitud. Gold Standard rechazó el estudio y sostuvo que sus conclusiones no coinciden con la literatura académica ni con los datos reales.
3. Permanencia incierta. Un crédito se emite hoy por carbono que se supone va a quedar capturado durante décadas. En ese lapso pueden ocurrir incendios, cambios de uso del suelo, procesos de degradación ambiental. Cualquiera de esas cosas libera el carbono de nuevo. El crédito, para entonces, ya fue vendido, usado y descontado del balance de alguien. La reversión del proceso físico no revierte la operación contable.
Vale mirar qué se compra efectivamente. Del total de créditos de remoción emitidos en el mercado voluntario durante 2025, el 95% correspondió a soluciones basadas en naturaleza y solo el 5% a remociones de alta durabilidad, como el biochar o la bioenergía con captura y almacenamiento. Es decir: lo que más circula es justamente lo más expuesto a reversión.
4. Desfase temporal. La emisión ocurre hoy, de manera puntual y verificable. La captura ocurre a lo largo del tiempo, de forma gradual y a veces incompleta. No hay simultaneidad entre las dos operaciones, aunque el balance las presente como si se cancelaran en el mismo instante. Un árbol plantado este año no compensa este año las emisiones presentes sino hipotéticas y futuras.
5. Desplazamiento geográfico. Las emisiones se concentran en economías industrializadas. Las compensaciones, en cambio, se localizan mayormente en América Latina, África y el sudeste asiático, donde la tierra y los proyectos son más baratos. La asimetría es evidente, quien emite y quien compensa no son los mismos actores, no están en el mismo territorio y no operan bajo las mismas condiciones económicas, regulatorias ni políticas. El impacto ambiental de la producción queda en un lado y la tarea de resolverlo en otro.
Kariba sirve otra vez de ejemplo, ahora del lado del reparto. South Pole, la desarrolladora suiza, declaraba quedarse con el 25% de las ganancias, pero la documentación muestra que retuvo el 42%; su socio zimbabuense se quedó con el 30%, y las comunidades que debían recibir financiamiento para frenar la deforestación recibieron el 28%. La compensación ocurre en un territorio; el diseño financiero, la certificación y el beneficio principal, en otro.
6. Contabilidad y transformación no son lo mismo. Este punto contiene a todos los anteriores. El sistema está diseñado para balancear emisiones en términos contables, y balancear un registro no equivale a modificar el sistema que genera las emisiones. Una empresa puede mantener su estructura productiva intacta, sostener sus niveles de emisión año tras año y compensar por fuera. El resultado es un balance neutral en los papeles. En la atmósfera, no necesariamente.
Qué sí aportan estos sistemas
Sería simplista descartarlos por completo, y bastante cómodo, además.
Los créditos de carbono canalizaron financiamiento hacia proyectos ambientales que en muchos casos no tenían otra vía de sostenerse económicamente. Permitieron proteger ecosistemas que estaban efectivamente amenazados. Aceleraron algunas transiciones energéticas que sin ese ingreso adicional hubieran tardado más o no se hubieran hecho. También generaron algo menos visible pero útil: obligaron a miles de empresas a medir su huella, y medir es la condición previa de cualquier reducción. En ese sentido cumplen una función paralela. En el propio caso de las cocinas: cuando la metodología exige medición directa en vez de estimación, el resultado mejora drásticamente. El problema, entonces, es de diseño metodológico, que se puede corregir.
El límite del modelo
El problema aparece cuando estos mecanismos se convierten en la estrategia principal en lugar de ser un complemento.
Porque operan bajo una lógica muy específica, separar el origen del impacto de su resolución. Esa separación es la que vuelve el sistema tan práctico, y también la que lo vuelve tan cómodo. Permite sostener estructuras productivas sin modificarlas en profundidad, porque siempre hay un lugar del mundo donde el resultado del balance se puede corregir. Los números sugieren que ese punto ya llegó y empezó a tensionarse. En 2025 el mercado voluntario se estancó: los retiros de créditos cayeron un 7% mientras los compromisos climáticos corporativos aumentaron un 227%. Las declaraciones crecen; las operaciones que deberían respaldarlas, no.
Cuando la compensación es lo primero que se activa y no lo último, deja de ser una herramienta de transición y pasa a ser un mecanismo de continuidad.
Cambiar el enfoque
Reducir emisiones implica intervenir en los materiales que elegimos, en los procesos que los transforman, en la energía que sostiene esos procesos, en el diseño de los productos y en la escala a la que se producen. Cada una de esas decisiones determina emisiones antes de que existan. Ahí es donde se define la huella, y ahí es donde se puede modificar de verdad.
Compensar, en cambio, actúa sobre la consecuencia. Llega después, cuando la emisión ya ocurrió y lo único que queda por hacer es equilibrar el registro.
Las dos cosas pueden coexistir, y en muchos casos conviene que coexistan. Hay emisiones que hoy no tienen alternativa técnica viable y compensarlas es mejor que no hacer nada. Pero no son equivalentes, y tratarlas como si lo fueran tiene consecuencias sobre lo que cada actor considera que ya hizo.
Una nota final
La discusión sobre créditos de carbono, más que técnica, es una discusión sobre cómo se define un problema, si como algo que puede redistribuirse o como algo que exige transformación en su punto de origen.
Esa diferencia define qué tipo de soluciones vamos a considerar suficientes.
*ESG son las siglas en inglés de Environmental, Social and Governance: ambiental, social y de gobernanza. Son los tres ejes con los que se evalúa a una empresa más allá de sus números financieros.

